31 July 2005

Abrió los ojos de repente, esos que eran como mirar al cielo. La lluvia seguía deslizándose sobre el techo de cristal y el ruido de las gotas al caer marcaba el compás del lento paso del tiempo. Algo había cambiado. El silencio era aún más denso que antes. De pronto se dió cuenta de lo que había pasado: el despertador se había parado. Ya no se oía su rítmico tic-tac. Se irguió lentamente, triste, a punto de llorar. El silencio se iba adueñando poco a poco de su vida. Ahora ni siquiera podía sentir aquel monótono pero constante sonido. Durante semanas el pequeño latido del pequeño aparato azul cielo la había acompañado en su soledad, en aquel inmenso vacío en el que se había convertido su vida. Y ahora, como todos, también la había abandonado. Sintió una punzada en el pecho. En su mente, en explosión contenida como si le clavasen mil agujas, fue abriéndose paso un sentimiento de desesperación. Miró frente a sí y se vió reflejada en el pequeño espejo de la pared. Sus ojos, antes marrones, eran ahora azules. Un torrente surgió de estos ojos y fluyó por su triste faz, derramando toda su rabia e impotencia. Su grito triste y prolongado, bajo como un estertor, rompió la inmutable quietud. Los recuerdos volvieron a su mente.

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