Sus ojos volvían a estar cerrados pero no dormía. Su cabeza daba vueltas. Desde aquel día... ¿cuánto hacía ya de aquello? ¿Un par de semanas, un mes?, quizá más... No podía saberlo con exactitud. Hacía días que había dejado de preocuparse por el tiempo. Comía cuando tenía hambre, descansaba cuando tenía sueño y el resto del tiempo soñaba, recordaba. Los recuerdos volvían a ella, atormentándola contra su voluntad. Imágenes de una época en la que tenía familia, amigos. De un tiempo en el que había gente a su alrededor, bullicio, vida. ¿Por qué había pasado esto? ¿Qué había pasado en realidad?.Y así comía, dormía, pensaba y lloraba. De vez en cuando incluso hablaba. Hablaba sola, para sí misma. Hablaba por el mero hecho de oír una voz humana, de romper el silencio que parecía ahogarla, aquel silencio que daba miedo. Ya desde el primer día había escuchado música continuamente. Lo importante era no dejar paso al silencio. En aquellos momentos una melodía de Mozart rompía la quietud, pero el silencio era tan fuerte que parecía querer absorberla, querer tragarla. Subió el volumen al máximo y comenzó a bailar, a moverse al compás de las notas como drogada, meciéndose al son de una inevitable locura. Oleadas de recuerdos golpearon su mente.

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