Así se fue apagando, como una vela que se consume. El tiempo pasaba lento, más ella ardía rápido. Se consumía por dentro de soledad y tristeza. Un día no se despertó. Esos ojos cristalinos, líquidos como el agua que continuamente caía de ese cielo tan añorado, no volvieron a abrirse. Pertenecían a un alma que ya no estaba allí, a un alma que había huido en pos de su propio cielo azul.En ese momento paró de llover. Se fue abriendo un hueco entre las densas nubes y un rayo de sol, un único rayo luminoso en toda aquella negrura, atravesó el techo de cristal y anidó en su pelo. Los mechones empezaron a tornarse transparentes y su piel se clareó hasta volverse incolora. Y allí donde antes se encontraba su cuerpo surgió ahora un pequeño riachuelo que fue a perderse debajo de la cama.

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