31 July 2005

Una gran inquietud se apoderó de mí. Todos se habían ido, estaba sola.
Cogí el abrigo y salí a la calle. El impacto fue tan fuerte que me quedé parada y sobrecogida de espanto nada más salir del portal. Eran ya las once, pero no se veía un alma. Todo estaba en calma absoluta, ni siquiera había coches. Sólo un silencio que lo llenaba todo, sin dejar un hueco para nada más y que incluso me oprimía a mí, como instándome a desaparecer.
La estupefacción dio paso a una actividad frenética. Como despertando de repente de un sueño eché a correr. Recorrí una calle tras otra: nadie. Mi único compañero era el eco de mis pies sobre el asfalto, que parecía mayor por la tremenda soledad. Las tiendas, los bares, los edificios, todos estaban vacíos, desiertos. No había ni un perro, un gato, un ´pájaro, nada.
Llevaba corriendo toda la mañana de aquí para allá y estaba agotada, así que me senté en un tobogán de un parque abandonado. Dirigí mis ojos al cielo. Unos oscuros nubarrones tapaban por completo el azul que tanto me gustaba, como negros presagios de mi futuro. Como la espesa niebla que empezaba a cubrir mi conciencia...

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